Siempre le habían fascinado las luces.
De pequeña, al caer la noche -sentada en el asiento trasero del Seiscientos que conducía su padre y copilotaba su asustada madre- la tristeza de volver a casa la amortiguaban las luces de las gasolineras, los edificios. Podía vislumbrar a una familia sentada alrededor de una mesa. En su imaginación eran felices.
Por eso le regaló un faro antes de su partida. Un faro de madera para que encontrara el camino de vuelta a casa. Una casa junto a su amado mar, que permanecía fría y vacía por su ausencia.
No sabía si llegaría a Navidad por el deterioro físico que le provocaba la enfermedad.
Pero, si llegaba, se prometió a sí misma que inundaría la casa de lucecitas, como pequeñas luciérnagas en una noche oscura salpicada por el oleaje.
Nunca más se volvieron a ver. Ninguno de los dos llegó a tiempo.
Pero cada vez que mira aquél faro de madera, una estrella se ilumina y él se sonríe mientras una lágrima amarga recorre su mejilla para terminar posándose en ese hoyuelo que ella nunca besó.

No hay comentarios:
Publicar un comentario